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LASTRE HISTÓRICO DE VIOLENCIAS EN LA RURALIDAD.

4 Feb , 2020  

 

Escrito por: Armando Navarro

 

 

 

El desplazamiento forzado, despojo violento de tierras, territorios, aniquilación cultural y violación de los derechos fundamentales son las secuelas y el común denominador en la ruralidad colombiana. Este lastre deshumanizante es histórico y estructural que no ha sido superado a través de los diferentes gobiernos que siguen indiferentes ante los hombres y mujeres que han sido los guardianes del equilibrio natural, los del soporte alimenticio del país, que quienes con su cosmovisión comunitaria para la vida y el buen vivir han resistido con dignidad a estas políticas depredadoras.

Los pueblos ancestrales, afros y campesinos siguen siendo víctimas de este sistema, invasor, extractivista, neoliberal modelo que tiene como fin el enriquecimiento económico individual a través de ruines medios para conseguir sus objetivos.

La histórica y sistemática violencia con nuestros compatriotas es vergonzosa para la humanidad, recordar el genocidio y etnocidio de más de 65 millones de nativos en manos de los colonizadores españoles, ingleses, franceses y portugueses es indignante para nuestra América Latina.

Pero lo doloroso es la persistencia con que se sigue el saqueo de muerte en pleno siglo XXI, no fueron suficientes los 300 años de Colonia, ni el periodo de la supuesta «Independencia» entre los procesos de República y Estado Nacional, ahora se sigue en el actual “Estado Social de Derecho” sumándose con otras formas violentas como la estructural, cultural y directa.

Cuando hablamos de violencia estructural o denominada invisible, sistémica, oculta-da, indirecta o institucional, (GALTUNG, 1996; TORTOSA, 2002 y 2003), nos referimos a la que tiene como fin no involucrar a actores que hagan daño a través de la fuerza, sino que es mediante prácticas de injusticia, desigualdad e insatisfacción de las necesidades humanas, fundamentadas en la no distribución de las riquezas sin equidad social, que se entregan a favor de algunos pocos en perjuicio de las demás.

La violencia directa es la más conocida y evidente en nuestros campos, donde la mayoría de sus secuelas son visibles principalmente los materiales, sin dejar de lado los traumas psicológicos, generados por odios, enemigos inventados contra ciertos sectores poblacionales con efectos graves que no se consideran como tales. La tortura, amenazas y muerte son los más recurrentes para generar pánico colectivo y apropiarse de las tierras o para obligar a sus habitantes a vender sus predios a bajos precios.

De igual forma, la violencia cultural es la que se incrusta en las personas de forma sutil como verdades absolutas, la religión, el arte, el lenguaje, los mensajes de los medios masivos de comunicación, la simbología, (banderas, himnos, consignas etc.), son instrumentos que potencian las otras violencias para legitimar el modelo impuesto por una elite que tiene como objetivo el control social, cultural y económico por encima de la vida humana y del planeta.

La violencia cultural-occidental denigra, minimiza y subestima nuestras culturas ancestrales, afros y campesinas, colocándolas en espacios vergonzantes de pobreza subdesarrollo y atraso, haciéndoles creer que para ingresar a los países “desarrollados” deben cambiar sus prácticas y cosmovisión matriztica y vernácula, esta perversa intención ha justificado las otras violencias cargadas de argumentos para que actúen sin limitación.

Estas violencias son el abanico y abren las puertas a este modelo de mercado, consumista, competitivo, monopólico y homogenizante, estandarizado la sociedad como único modelo de vida, digno de replicar y perpetuar en las presentes y futuras generaciones, haciéndoles creer que este modelo de “desarrollo” nos sacará de tercermundistas y «pobretones».

La importancia de entender las diferentes violencias sistemáticamente impuestas en nuestros territorios, nos llevan a conocer más afondo la multiplicidad de acciones en contra de la vida y la ruralidad, la apropiación ilegal de las tierras productivas de nuestro país y del continente se acelera cada vez más. Este accionar demencial de unas elites que no solamente han atentado con la vida como derecho fundamental, sino que han violentado los ciclos naturales del planeta y de las autonomías de los pueblos despojándolos del relacionamiento con la tierra y los territorios.

Esto nos lleva a concluir infortunadamente que la tierra no es para el que la trabaja ni para los pueblos originarios o ancestrales, son para los que han implementado sistemáticamente estas violencias por negocio y codicia.

A pesar que Colombia es uno de los países de América Latina que cuenta con un 99,6 % de ruralidad según el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC y que tan solo el 0,36 por ciento corresponde a las zonas urbanas, no ha tenido una política pública rural con enfoque diferencial y de género ajustada a su realidad socioeconómica y cultural y por lo contrario podemos decir que la distribución y titulación de la tierra a sus pobladores ha sido absolutamente inequitativa. La concentración de la propiedad de la tierra es cada vez mayor.  Según la contraloría general de la Republica (2002) el coeficiente de Gini rural que mide la desigualdad y concentración de la tierra es del 0,87%, y según el Cede de la Universidad de los Andes pasó de 0,74% a 0,88%, indicándonos que unos pocos son los dueños de la mayoría del terreno productivo en Colombia, fundamentalmente en Córdoba y Caquetá, con mayor desigualdad en Antioquia y Valle.

Como complemento a esta cifra, en Colombia el 80% de las tierras está en manos del 10% de propietarios invasores e ilegales y donde el 6,6% millones de hectáreas fueron adquiridas a través del terror, homicidios, violaciones y amenazas y los pocos que quedaron vivos y con posesión de tierras son el 18% propietarios que no tienen formalizado sus titulaciones. El 80% de los pequeños campesinos tiene menos de una Unidad Agrícola Familiar (UA F), es decir que son microfundistas.

Pero ante este saqueo no solo el latifundio se ha fortalecido y la concentración de la tierra por parte de los narcotraficantes ha crecido exponencialmente, sino que el minifundio sigue teniendo importancia en el país. De los 2,792.584 predios que hay en el país, 492.744 ocupan cerca de 52.000.000 de hectáreas, mientras que los predios de minifundio ocupan menos de 10.000.000 de hectáreas. Según este cuadro 3.  Martínez, Correa, (2002)

Esta radiografía dolorosa que se cometió y se comete contra nuestros ancestros, campesinos, afros y sobre todo contra la PÄ CH’AMANI (Pachamama) que es la fuerza complementaria que gobiernan nuestras vidas, no tiene perdón, ni precedentes en la historia universal, esta política de “Tierra Arrasada” lo que nos dejó y nos seguirá dejando es pobreza, muerte y miseria extrema, sin tierra para labrar y sin oportunidades para una vida digna.

Este despojo que sigue a través de la violencia estructural, directa y cultural, ha generado desplazamientos masivos a sectores desconocidos y agrestes para su cultura y su cosmogonía rural, el 86% de los desplazados se dirigen a zonas urbanas, fundamentalmente a Bogotá, Medellín, Turbo, Montería, Apartado, Barranquilla, Necoclí, Barrancabermeja, Cali, Girón, Sogamoso y Popayán. Parra, Tortosa (2003).

Lo preocupante de este desplazamiento es que seguirá aumentando en los años venideros, las inversiones, el acaparamiento de tierras, los tratados de libre comercio, la parapolítica, empresarios, narcotráfico y el modelo económico financiero entre otros, seguirán nutriendo este fin económico.

Conclusiones.

Mientras que persista este modelo lineal, jerárquico y depredador a través de estas elites, nuestras comunidades seguirán destinadas a morir en la pobreza, sin futuro y sin esperanza de poder regresar a sus tierras y territorios.

Podemos concluir según estudio de Gaviria & Muñoz (2007), la acelerada concentración de la tierra esta directamente relacionada con el conflicto armando, ligado a la intimidación de sus pobladores provocando un significativo abandono de sus predios, incrementando así, la concentración de la tierra y desplazamiento forzado.  

Ante estas violencias históricas y estructurales las comunidades no deben abandonar sus principios ancestrales, como muchas lo han hecho, resistiendo con sus prácticas solidarias, complementarias, corresponsables e interdependientes con sus vidas y naturaleza. Maturana utiliza el concepto matriztico que lo referencia al encanto de vivir en cooperación, cuidado, atención, alegría, pero desde el ámbito natural tal como la hacían nuestras culturas terrígenas.

Es de resaltar que a pesar del terror sembrado por estos actores violentos las comunidades y organizaciones sociales étnicas, afrodescendientes y campesinas se han venido reorganizando en sus territorios para enaltecer la vida, entre ellas tenemos; organizaciones de “Decrecimiento”, “El Vivir Bien”, “Desglobalización”, “Eco-socialismo”, “Soberanía Alimentaria”, “Eco-feminismo”, “Los Comunes”, “Economía Solidaria”, “Economía para la Vida”, «Economía del Cuidado» y “Economía de Transición” entre otras. Esto nos indica que  aunque la lógica de la globalización es permear todas las culturas, muchas de ellas se han podido reencontrar para blindarse a través de prácticas y luchas ancestrales, donde manifiestan que ellos no son dueños de la tierra, ellos pertenecen a ella, no piden derechos de propiedad, exigen es el «Derecho de Relación» con la Madre Tierra.

Este monopolio del poder, coercitivo y corrupto que han engendrado las diferentes violencias, es fiel reflejo de un Estado Neoliberal que no cumplió su deber ser, desvirtuando el buen vivir por la codicia individualista y el enriquecimiento fácil, ligero e ilícito. Dejando consecuencias irreparables tanto en vidas humanas como psicológicas, sociales, culturales y naturales.  

Este saqueo actual e histórico ha hecho que se deslegitimen estos gobiernos, generando, rabia, escepticismo entre las comunidades, su desinstitucionalización ha tocado fondo, sus prácticas inequitativas y excluyentes han dejado heridas profundas en la tierra y sus habitantes que jamás podrán ser borradas así utilicen los más perfumados discursos posmodernos.

Lo que necesitamos son cambios estructurales del modelo occidental antropocéntrico, con una cosmovisión biocentrica, democrática comunitaria, para vivir dignamente, garantizando los derechos fundamentales humanos y naturales que preserve el equilibrio y la armonía entre los seres humanos y demás formas de existencia tangibles e intangibles para Vivir Bien/ Buen Vivir.

La violencia estructural, cultural como la directa, son fenómenos anclados y gestados por omisión o por acción de los poderes económicos, políticos y sociales del estado, que no solamente se dan desde los niveles locales, regionales y nacionales, sino que se han originado desde los escenarios internacionales, (Organización Mundial del Comercio- OMC, Fondo Monetario internacional -FMI, Banco Mundial -BM, entre otros). Se debe hablar de violencias y no se debe tapar con eufemismos el lastre delictivo de estos gobernantes.

BIBLIOGRAFÍA:

MARTÍNEZ, CORREA, (2002) “El sector rural en Colombia y su crisis actual” Red de Revistas Científicas de América Latina, el Caribe, España y Portugal Sistema de Información Científica.

LA PARRA, DANIEL. TORTOSA JOSÉ MARÍA (2003) Violencia estructural: una ilustración del concepto. GEPYD, Grupo de Estudios de Paz y Desarrollo, Universidad de Alicante.

POMA, FLIX E, (2002), Lógica del pensamiento indígena.

PÉREZ, MANUEL, “El desplazamiento por violencia”, en: Revista Javeriana, El Desafío del sector rural, nº 659, t. 133, año 67, Bogotá, 1999.

REYES P., ALEJANDRO, (1997). “Compra de tierras por narcotraficantes”, en: PNUD, Ministerio de Justicia y del Derecho, Dirección Nacional de Estupefacientes, Unidad Administrativa Especial Entidad de Coordinación Nacional, Drogas ilícitas En Colombia. Su impacto económico, político y social, Editorial Ariel, Santa Fe de Bogotá.

https://igac.gov.co/noticias/tan-solo-el-03-por-ciento-de-todo-el-territorio-colombiano-corresponde-areas-urbanas-igac

HUANACUNI MAMANI, FERNANDO (2018) Buen Vivir / Vivir Bien filosofía, políticas, estrategias y experiencias regionales andinas.

GALENO, EDUARDO. “Las Venas Abiertas de América Latina”. Sexta Edición. 1999. Uruguay.

GAVIRIA, C. & MUÑOZ, J. (2007), ‘Desplazamiento forzado y propiedad de la tierra en Antioquia, 1996-2004’, Universidad de Antioquia-Lecturas de Economía 66, 9–46.

Concentración de la tierra en Colombia

El sector rural en Colombia y su crisis actual

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