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El fin del libre comercio

9 Ago , 2019  

Marcelo Caruso Azcárate


El encantamiento inducido alrededor de las bellezas del libre comercio está llegando a su fin. Y no por los desastrosos resultados generados en los países de la periferia, Colombia incluida, sino porque a su principal promotor le apareció un fuerte contradictor que le disputa la hegemonía del mercado mundial y de su mercado interno. Este choque por nuevas tecnologías e inteligencia artificial entre Estados Unidos y China nos regresa a lo que se conoció como guerra fría, que en realidad era una disputa intersistémica de fuerte contenido ideológico, político y económico con la Unión Soviética. Luego de la crisis del liberalismo económico de la década de 1930, la respuesta de Estados Unidos frente a esa amenaza fue inventar un proteccionismo basado en un nuevo pacto, New Deal, el keynesianismo. Para detener a su enemigo estratégico optó por reformas asistenciales y democráticas reguladas, control al capital financiero y subvención a toda su producción nacional, y con el tiempo llegó a ser la primera potencia mundial.

Sin embargo, las contradicciones de hoy son mucho más amenazantes, ya que se enfrentan empresas privadas con empresas estatales, ambas transnacionalizadas y con gran poder concentrado -incluyendo el poder militar- si sumamos a Rusia. No tienen, por ahora, un claro contenido político ideológico, lo que le permite a Trump regresar al proteccionismo en forma autoritaria y excluyente, rompiendo todos los acuerdos impuestos y firmados y aclarando que, para los países más débiles, no hay negociación ni concertación posible, y menos aún soportarán que se intente responder con aranceles compensatorios; solo vale el “yo coloco mis aranceles y tú sigues abierto a mis exportaciones”.

Para abordar este reto histórico, los grupos de poder económico de Estados Unidos buscan fortalecerse con la protección de su mercado interno, combinada con la exigencia a sus empresas transnacionales para que dejen de colocar en paraísos fiscales sus utilidades capitalizadas y las reingresen al mercado financiero nacional, para lo cual les reducen los impuestos. Por el otro lado, el nuevo gobierno chino responde cambiando su estrategia de apostar todo al comercio mundial y anuncia un plan agresivo de desarrollo de su mercado interno, en otra forma de neokeynesianismo que prioriza un crecimiento económico, social y tecnológico más autónomo, autosuficiente y sostenible; renunciando a ser un “paraíso industrial” donde, según Andrés Barreda y al igual que en México, cualquiera puede producir y explotar sin ningún respeto al medio ambiente y a los derechos de la naturaleza.

El resultado de las elecciones presidenciales en Estados Unidos no cambiará el proceso estructural de la disputa iniciada; puede variar la velocidad y la forma del fin del libre mercado entre los poderosos, pero mantendrá la imposición de la apertura unilateral para el resto del mundo. Una respuesta “nacionalista” a estos cambios fue el apoyo de algunos grupos económicos nacionales al nuevo gobierno desarrollista de México, donde históricamente se presentan y agudizan estas visiones opuestas del crecimiento económico.

Comprender la naturaleza de esta crisis es muy importante en tiempos electorales, pues permite pensar matrices productivas y relaciones de producción y consumo alternativas, contando con los saberes de los diversos sujetos productivos (medianos y pequeños productores, indígenas, campesinos, mujeres, trabajadores asociados y por cuenta propia) y con socios estratégicos que respeten nuestra soberanía y permitan resistir y abrir caminos hacia el bienestar y el buen vivir que se proyectó en el Acuerdo Final de Paz.

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